r a 110 por una autopista o una autovía es, ante todo, un incordio. Un latazo. Parece que viajas detenido. Que se te para el reloj como cuando a la vida se le da por perderse entre las puertas entreabiertas. Entrecerradas. Yo que voy bastante a Madrid ya estoy temiendo el próximo viaje. Es indiscutible que se ahorra carburante. Pero no se porqué tengo yo que ahorrar si no quiero. Ahorrar a la fuerza ya no es ahorrar. Como amar obligado no es amar. Me pregunto si ante la inminente escasez de alimentos básicos como el trigo, y la consiguiente subida de precios que se avecina, el Gobierno nos va a obligar a comer menos. Para ahorrar. Pero confieso que una cosa si me ha congratulado de todo esto del cambio del límite de velocidad máximo a 110 km/h. Hay que admitir que el paso de los 120 a los 110 en una sola noche ha sido todo un éxito de organización. Se nota que al menos en Fomento hay músculo para hacer estas cosas. Aunque sea para fastidiarnos. Lo hacen organizadamente. En Vilagarcía, en cambio, el Concello necesitaría más de una noche para cambiar las señales de las calles. Y seguro que se montaría un lío gordo. Ni el Ayuntamiento y mucho menos el departamento de Policía Local dan muestras de saber conjugar el verbo organizar. Ayer volvió a quedar claro. Se olvidaron de avisar a tiempo a los conductores y en las calles por donde iba a pasar el desfile de carnaval había cientos de coches aparcados que tuvieron que ser desalojados. Hasta equivocarse necesita un orden y un concierto.