uchos pocos hacen un mucho. Eso dicen al menos. Unos átomos diminutos de luz hacen un día soleado como el de hoy. Un cielo azul triunfo. Sin un solo atisbo de gris nublado. Es curioso como un poco de sol en la cara puede cambiarte la vida. Aunque solo sea por unas horas. Por un día. Toda esa luz te devuelve las ganas de latir. De salir a la calle. De mirar al sol y notar su calor en el rostro. A mí el sol me da ganas de vivir más. Me seca las penas húmedas. Marchita el musgo verde que crecía en mi cáscara y hace brotar flores de pétalos blancos y rojos. Hace que me den ganas de ir a pasear por el muelle o por la playa. De comer fuera. Y de ir antes a tomar una caña a la Taberna de Moe?s -el bar de Gúmer- y sentir que a veces alguien parece haber construido el mundo solo para mí. Me gusta cómo un poco de sol puede cambiar la forma en la que vemos las cosas. Cómo la luz puede secar y hacer caer el velo que nubla nuestras retinas. El cristal opaco que no nos deja ver que muchos pocos son un mucho. Y que no hay más vuelta de hoja. Uno de los personajes del último libro de Murakami, 1Q84, dice que, a medida que pasan los años, la vida no es más que un constante proceso de pérdida. Que todo aquello que te importa va cayendo poco a poco de tus manos como pétalos de una flor. La verdad es que suena un poco triste. Pero es una de esas verdades de la vida contra las que nada podemos hacer. Más allá de aceptarlas. Aprovechar cuando sale el sol. Mirarle de frente. Y dejar que sus rayos nos calienten.