unca me ha gustado el carnaval. Pero no es porque sea un aburrido, como me dicen a veces los defensores de esta fiesta. Que son muchos. Franca mayoría. Es solo que no le veo la gracia a lo de disfrazarse. Me gustaba de niño. Pero nunca en carnaval. Ni en mi casa, ni en mi barrio ni en toda la ciudad veía yo gente disfrazada. Las habría, digo yo. Yo solo me disfrazaba cuando veía películas. Me enfundaba mis atuendos de romano, de sheriff, de vikingo o de soldado y veía la tele de esa guisa. Como para reforzar la historia. Mis padres se partían de la risa. Aún a veces me lo recuerdan. Sobre todo cuando les digo a ellos que no me gusta el carnaval. Necesitamos las máscaras. Las caretas. La vida sin ellas es más pesada. Más dura aún. Nos pasamos la vida disfrazados. Fingiendo que todo va bien. Que no nos importa lo que nos importa. Que apreciamos todo lo que tenemos que apreciar. Que no nos dejamos llevar por el pesimismo. Estar triste está mal visto. La gente no te deja. Se pasan la vida diciéndote lo caralluda que es tu vida. La de cosas que tienes. La suerte de estar como estás. Y tienen razón. Pero te dicen eso con la careta puesta. Con la máscara. Nos travestimos de felicidad. Sonreímos por fuera para que no se note que hay algo quebrado ahí dentro. Y nos recordamos los unos a los otros, como un mantra, lo genial que es todo. Yo creo que lo que nos pasa es que nos da miedo buscar la felicidad de verdad. Porque fracasar escuece como sal en una herida. Es más fácil vestirse de alegre y salir ahí fuera. Al carnaval.