oy hace treinta años del golpe de Estado de Tejero. De aquel 1981 yo tengo dos recuerdos claros. Perfectamente nítidos. El más doloroso es la muerte de mi abuelo Juan. Mi abuelo querido. Mi abuelo de dos nombres. Mi mayor maestro. Recuerdo cómo mi madre me contó entre lágrimas lo que había pasado. Recuerdo que me quedé petrificado. Recuerdo que hasta cené en la cama de mis padres porque no podía ni moverme. O no quería. El otro recuerdo que conservo de 1981 es el 23-F. Yo tenía ocho años. Vivía con mis padres en Madrid. Aún puedo ver a mi madre por el pasillo gritando bajito. Mostrando alarma pero sin que nadie de fuera pudiera oír. No fuera a ser. «Ha habido un golpe de Estado, ha habido un golpe de Estado», decía. Mi padre callaba. Mi padre es callado en general. Pero recuerdo bien sus caras. Su preocupación. Recuerdo que sentí miedo. Intranquilidad. Y recuerdo que dejé de sentirme así cuando me pregunté a mí mismo «¿y qué es un golpe de Estado?». No lo sabía. Y tampoco me enteré muy bien porque nadie me lo explicó. Lo supe años más tarde. Cuando ya España había cambiado tanto que nadie temía que aquello pudiera volver a ocurrir. Aquel miedo duró poco. Al día siguiente, los niños comentaban que había sido genial no tener colegio y que habían estado echando dibujos animados todo el día en la tele. Mi hermana y yo fuimos de los poquísimos que sí fuimos a la escuela aquel 23-F. Porque mi madre tenía miedo del golpe, pero en mi casa solo te salvaba de las clases la fiebre. Ni Tejero ni nadie.

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