Paraísos

AROUSA

veces fantaseo con la idea de irme lejos. A un lugar en el que haya sol, playa y un mar plagado de esos bichos grandes que tanto nos gustan a los buceadores. Tiburones, mantas, tortugas y esas cosas. Sueño con huir. Con países lejanos. Con otras gentes. Con otras lenguas. Creo que nos pasa a todos. Y más en este lado del mundo en el que hay tantos meses de frío y de lluvia. De temporales. De viento y granizo. Cuando era niño y pasaba los veranos en el pueblo, me gustaba quedarme dentro de la casa leyendo. Mi madre siempre me incitaba a que saliera. Me decía que me tenía que dar más el sol y terminaba su alegato con una de sus frases redondas. «Chico, que el invierno es muy largo». Qué razón tenía. Qué razón tiene siempre mi madre. No es largo. Es larguísimo. Tanto, que a veces es invierno hasta en primavera o en verano. Y es entonces cuando sueñas con paraísos de sol y arena. De calor eterno. De paz. Pero esos paraísos no existen. No fuera de nosotros. Puedes viajar tan lejos como te dé el presupuesto. Yo iría a la Polinesia Francesa. Pero siempre he pensado que en ese paraíso habrá alguien pensando en huir, en viajar lejos. Seguro que algún polinesio estaría encantado de abandonar su calorcito y sus arenas doradas y venirse a este trocito del planeta a pesar de los largos inviernos. Pese a las lluvias y los fríos. Porque la felicidad, la verdadera, vive dentro de nosotros y en ninguna otra parte. Por eso se puede ser la persona más desdichada del mundo en el paraíso e inmensamente feliz en el peor de los infiernos.

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