l otro día vi el anuncio de la Cruz Roja sobre el cáncer y me quedé pegado al sofá como un chicle. El spot dice que de cada cien españoles, treinta y tres desarrollarán un cáncer de uno u otro tipo. Deberían prohibir que gente como yo veamos publicidad tan heavy. Soy un hipocondríaco. Tengo facilidad para imaginar que una tos es un síntoma de algo peor. Para transformar en mi temerosa imaginación una berruguita en melanoma, un bultito en mioma y un dolor de estómago en dolencia de colon. Hoy es el día mundial contra el cáncer. Y si sigue esta columna ya sabe usted lo que yo pienso sobre los días de cosas. O los años, que ahora se han puesto también de moda. Es evidente que el cáncer no necesita un día para que nos acordemos de él. De mis cuatro abuelos, dos tuvieron cáncer, que yo sepa. Tengo tíos, amigos, compañeros de trabajo, vecinos y hasta enemigos que han tenido que escuchar la maldita palabra. No creo que necesitemos recordar algo que tenemos tan presente. Lo que de verdad hace falta es hallar una fórmula para acabar con la verdadera plaga que nos azota. Que cada año se sacan de la manga que si la gripe aviar, la gripe A u otra chorrada que hace correr ríos de tinta cuando la verdad es que lo que nos mata es, sobre todo, el cáncer. Confieso que a mí me aterroriza pensar en ello. Y que pienso que tiene mucho que ver con cómo vivimos. Con lo que hacemos cada día. Y con lo que no hacemos. La salud es lo único que de verdad te hace libre. La enfermedad es la forma más antigua de esclavitud.

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