l otro día fui a ver «También la lluvia», la última película de Icíar Bollaín. Bueno, realmente lo que vi fue «Tamén a choiva» porque en el cine de Vilagarcía la pasaron, para mi horror, sorpresa e incredulidad, traducida al gallego. En cada traducción, se evapora una parte importante de la obra traducida. Por algo la poesía bien editada viene siempre en versión bilingüe. Porque Byron, Shelley, Baudelaire o Rimbaud tienen menos sentido cuando se les lee en castellano. Lo mismo le pasa a Neruda si lees la versión en inglés. El cine es igual. En España nos hemos acostumbrado a traducirlo todo. Y así nos va, que la gente se pasa toda una vida estudiando inglés y no sabe nada. En los demás países ven mucho cine y mucha tele en versión original con subtítulos. Y es una forma estupenda de hacer oído y vocabulario. Aquí hemos llegado al absurdo total. Traducir tiene su sentido cuando se gana capacidad para entender la trama a cambio de perder calidad y sutilidad de interpretación. En Galicia, tiene sentido traducir del inglés o del francés al castellano o al gallego. Lo que es del género bobo es traducir del castellano al gallego o viceversa. Salvo que sea para emitirlo en la TVG. La idiotez de hacer un «Tamén a choiva» me privó de la voz de Tosar, una de sus mayores armas interpretativas. Del castellano de Bolivia, con sus acentos y sus palabras. Y a cambio me dieron una versión edulcorada, como toda traducción que, además, contenía algunas burradas en galego-castrapo. Un pan como unas tortas, vaya.

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