Prohibir no sería necesario en un mundo ideal. Bastaría con incitar, con recomendar, con instar o con, simplemente, fijar unos criterios básicos de cómo relacionarnos con los demás. Eso sería en un mundo ideal. En el que tenemos, las cosas son un tanto diferentes. La gente tira papeles al suelo, no recoge las cacas de los perros, circula a 160 km/h por una calle limitada a 40, atropella a alguien, lo mata y se da a la fuga. En el mundo en el que vivimos no vale con poner un cartel de prohibido fumar. Hay que hacer una ley y multar al que se lo salte. Y, aún así, sigue habiendo tipos que pasan de todo. El domingo pasado fui a merendar a una céntrica cafetería. Una en la que ya no se podía fumar. Varias parejas tomaban algo con sus hijos. Una de las niñas, gritaba, chillaba y reía como una loca. Como una niña, supongo. Pero molestaba. Y mucho. Y la culpa no era suya, que es pequeña y no entiende. Y mucho menos de prohibiciones y educaciones. Pero los padres sí que tienen la culpa. Porque si fumar molesta, los gritos de un niño sin control también. La pregunta es si esos padres necesitan un cartel que ponga prohibidos los padres que dejan chillar a sus hijos en el local o les vale con el sentido común para hacer lo que deben.