La dimisión

AROUSA

Dimitir es un verbo que rara vez conjugan los políticos en España. Les cuesta horrores. Por eso me alegra que el ya ex concejal de Xestión do Territorio de Vilagarcía, Marcelino Abuín, haya tenido la dignidad suficiente para hacerlo. Dimitir no es fácil. Nunca lo es asumir el fracaso propio. Y Abuín ha fracasado, de eso no hay ninguna duda. Como concejal. Como hombre fuerte del gobierno local. Como promesa para el socialismo de la ciudad. En todo eso ha fracasado. En estos tres años y medio ha ido labrándose rechazos y desconfianzas. Entre muchos ciudadanos y en el seno de su propio partido, el PSOE, donde hasta sus más altos dirigentes lo calificaban sin tapujos como un «elemento incontrolado». La vida es cruel. Tremendamente cruel. Marcelino Abuín peca de soberbia. De vehemencia. De chulería. Pero no es en absoluto una persona insensible con el patrimonio. Todo lo contrario. Lo cruel de esta historia es que su dimisión se desencadene precisamente porque le acusan de haber atentado contra el patrimonio. Contra los bancos de azulejos de Ravella. Una vez más, Abuín no midió. No calculó que no todas las piedras importan por lo mismo. Los bancos puede que no sean un monumento histórico-artístico. Casi seguro que no lo son. Pero sí son un patrimonio de todos los niños ahora ancianos que jugaron a sus pies. Son parte del recuerdo de muchos. Son parte de la memoria colectiva de Vilagarcía. No merecían un destino como el que han tenido. A Marcelino Abuín le pasó con los bancos lo mismo que con la plaza de O Souto de Rubiáns. Que no escuchó. Que no supo escuchar. Que, quizás, nunca quiere escuchar. Al menos sí ha escuchado a su conciencia y ha dimitido cuando ha quedado claro que ni el PSOE le apoya. Los bancos se quedan. Él se va. Así es la vida.