La vida es una búsqueda de luz. Un camino incierto. Un recorrido a través de la noche. Caminamos por un senderito estrecho. Un río de piedra que conduce a todas y a ninguna parte. En ese breve trayecto podemos perdernos en la oscuridad o intentar no salirnos de las partes iluminadas de la ruta. Como los niños que se esmeran para colorear sin salirse de las líneas de su dibujo. Una lectora me citó ayer una frase de una película que dice que la alegría es más escasa, más difícil y más bella que la tristeza y que más que una necesidad natural, es una obligación ?moral. Dicho de otro modo, si lo pensamos bien, todos tenemos motivos suficientes para estar tristes y contentos por igual. Lo lógico es escoger el camino de la luz. Abrazar los buenos momentos con una sonrisa. Ayer, mientras la lluvia me calaba y los truenos y relámpagos amenazaban mi camino, pasé junto al árbol de Navidad que han colocado en la Plaza de Galicia de Vilagarcía y me alegré de inmediato. Es el mejor de todos los que he visto y he visto muchos. Y debe ser porque está hecho solo de luz. De esa luz que todos buscamos. De esa luz que todos necesitamos. De la misma luz que debe iluminar nuestro río de piedra. Hasta donde sea. Evitar las sombras es casi siempre una cuestión de actitud.