Las dos comunidades de montes grovenses llevan años intentando curar las heridas que las explotaciones a cielo abierto han dejado en la superficie de la península meca
05 dic 2010 . Actualizado a las 02:00 h.Fue la única alcaldesa que ha tenido O Grove, Lina Bernárdez, quien allá por los años ochenta se decidió a ponerle el cascabel al gato y dio comienzo al procedimiento encaminado a clausurar las canteras a cielo abierto existentes en la penísula. Fue luego el gobierno del socialista José Antonio Galiñanes el que se empleó a fondo para lograr cerrar esas explotaciones. Con varias sentencias judiciales y un estudio de minas como escudo, aquel gobierno logró poner contra las cuerdas a unos empresarios que se escudaban en todo tipo de artificios legales para sortear las órdenes de cierre. Aún habría un tercer alcalde implicado en el proceso de clausurar las canteras. Al popular Miguel Ángel Pérez le tocó lidiar con los últimos vestigios de actividad de estas empresas y hacer frente a un proceso legal en el que los empresarios reclamaban seis millones de euros al municipio, una amenaza que de vez en cuando aún se agita.
En cuanto la actividad extractiva se detuvo, O Grove tuvo que mirarse en el espejo. Y la península se descubrió llena de feas cicatrices que distorsionaban la imagen del municipio como paraíso turístico. Las comunidades de montes de la localidad tomaron entonces la iniciativa, y comenzaron a dar vueltas a la fórmula adecuada para poder ocultar los devastadores efectos de la extracción de piedra.
La cantera de Raimundo Vázquez, situada justo donde O Grove se vuelve istmo, era todo un símbolo del feísmo heredado de las canteras. Para tapar el gran muro de piedra que recibía a quienes llegaban a la localidad se barajaron muchas alternativas: desde aprovechar el hueco para construir un auditorio al aire libre, hasta cubrirlo con hiedras y vegetación para minimizar su impacto visual. Aquellas ideas se quedaron en eso, en ideas. Las protecciones ambientales que afectan al lugar hicieron naufragar muchos proyectos hasta que la comunidad de montes de San Martiño dio con una fórmula adecuada. Fue en el año 2007 cuando la directiva de Óscar Parada presentó a la Xunta un proyecto que, por fin, parecía dar en la clave. A finales del 2008, con cientos de camiones de tierra vaciados en el gran hueco y con 240.000 euros invertidos, los trabajos de regeneración tocaban a su fin. ¿O no? Aunque la cicatriz está prácticamente tapada, la cantera sigue necesitando inversiones y reformas, y tanto los comuneros como la Xunta están dispuestos a acometerlas. «Vaise recuperar a lagoa, limpar escombro, facer un paseo peatonal pola canteira, colocar mobiliario e facer un aparcamento», señala Raúl Fraga, presidente de la comunidad de montes de San Martiño. La intención es convertir lo que era una fea cicatriz en un espacio natural abierto a la ciudadanía. En época de crisis, ¿cómo se logra sacar adelante un proyecto de este estilo? Los comuneros de San Martiño han contado con un aliado inesperado: el sapo espuela que habita en la zona y que es una especie sometida a un nivel de protección especial.
Los comuneros de San Martiño solo tienen en sus dominios otra cantera: la del Monte das Flores. Pero ahí no pueden tocar hasta dentro de unos años. Y es que allí estaba situado el vertedero municipal, y es necesario dejar que el tiempo haga su trabajo y la tierra digiera todos los residuos que sobre ella se vertieron.
En la parroquia vecina, San Vicente, los comuneros han tenido más trabajo. Las directivas presididas por Manuel Ochoa han invertido muchos esfuerzos estos últimos años en intentar devolver a sus montes el aspecto que tenían antes de ser privados de la piedra que les daba forma. Su labor ha dado ya sus frutos. La cantera de Campo das Laxes, en Os Rueles, ya ha sido regenerada con materiales procedentes de Terra de Porto. La cantera de Blanco, en Agroídos, también está regenerada: en este caso, fue cedida a un constructor para que la rellenase con restos de escombros de obras. Ambos huecos han sido ya llenados, y sobre ellos se ha sembrado una vegetación que, en cuanto crezca, convertirá ambas canteras en un recuerdo lejano.
Pero la operación de estética aún no ha finalizado, y los trabajos avanzan lentamente en puntos como Con da Oliva y Con da Hedra. «Poderíase dicir que os proxectos están feitos ao 90%, aproximadamente, e confiamos en que no ano que ven estean rematadas as obras», explica Manuel Ochoa.
Al presidente de los comuneros de San Vicente aún le queda una espinita clavada: la regeneración de la Coviña do Inferno. De cómo devolver a su aspecto original esa explotación se ha hablado muchas veces, y hace unos años incluso se llegó a plantear la posibilidad de dar forma al hueco a base de grandes vertidos de concha de mejillón. Pero aquella idea, como otras, fueron desechadas.
Según los comuneros de San Vicente, para rellenar ese hueco sería necesario depositar entre 60.000 y 70.000 metros cúbicos de materiales. Y no de cualquier material, ya que la cantera está en un entorno natural protegido en el que «só valen a terra e materiais vexetais», señala Ochoa. En estos momentos, dice, «é impensable pensar nese proxecto», ya que la crisis ha paralizado la construcción y, con ella, las excavaciones y los destierres. Coviña do Inferno seguirá siendo, durante un tiempo, una cicatriz en el mapa de O Grove.