Noviembre es a los meses lo que el domingo a los días. Ambos son tristes. La luz parece extinguirse como un sol que se apaga, llegan la lluvia y el frío y la felicidad se desprende de uno como las hojas que caen de los árboles. Todo es gris, marrón y oscuro. Caduco como las ramas amarillas y ocres. Podrías volver de una misión estelar tras años y años de ausencia, aterrizar, salir de la nave y en la primera bocanada de aire sabrías que es noviembre. O domingo. Por no hablar de los domingos de noviembre. Eso ya es el colmo de los colmos. Una conjunción de difícil digestión. Hay que tener el alma muy llena para no sentirse vacío un domingo de noviembre. Y digo el alma, porque de nada sirve tener la vida llena de cosas buenas, maravillosas, si uno siente que se le vacía el alma. Que se le escapa la alegría como las gotas que abandonan las nubes de noviembre y se hacen lluvia. La lluvia más triste del año. Me preguntó qué felicidad estará a prueba de la lluvia de noviembre. En estos días largos y pesados se me hace cuesta arriba casi todo. Por eso acostumbro a irme de vacaciones en esta época y viajar lejos de la lluvia. Así, cuando regreso, noviembre ya es diciembre. Yo soy de los que viviría eternamente en verano. Lo más lejos de noviembre posible.