Tecnología

AROUSA

Siempre me pasa. Cada vez que cambio de teléfono, se me viene el mundo encima. Después de tres años conmigo, en las tripas de mi móvil llevaba media vida que viajaba siempre en mi bolsillo. Teléfonos, fotos, vídeos, fechas a recordar. Todo. Y cuando metes tu tarjeta en el nuevo teléfono es como caer en un profundo abismo de silencio. Sin agenda, sin recuerdos y, por supuesto, sin saber muy bien dónde están las opciones del móvil a estrenar. Porque a pesar de ser de la misma marca, tienen la manía de cambiarlas de sitio o de nombre. Y así no hay quién se entere de nada. Poco a poco, te vas haciendo con el nuevo aparatito. Vas llenándolo de números, de imágenes, de canciones. De todo lo que tenía el anterior. Es evidente que debe de haber una manera más rápida de hacer la transición de un móvil a otro. Pero yo no la conozco. Los cambios cuestan. Me cuestan. Nos cuestan a todos. Es difícil darle la espalda a lo cotidiano, a lo reconocible, a las palabras tantas veces dichas, a las pieles tantas veces acariciadas. El futuro nos da miedo porque es incierto. Aunque eso es también lo mejor que tiene el futuro. Que no sabes lo que va a pasar. Y es que no hay nada peor que levantarte cada mañana sabiendo exactamente lo que va a pasar. A mí eso me da casi más miedo que la tecnología.