La vida se ve distinta en los tejados. Allá donde casi nadie mira jamás. Donde la vida pasa desapercibida para los que solo conocen el lento, bullicioso y tedioso ir y venir de las calles asfaltadas. Los tejados son lugares peligrosos, pese a lo que crea el Concello de Vilagarcía, que envía a sus operarios a trabajar en ellos sin ninguna medida de seguridad. Peligrosos porque la caída tiene consecuencias eternas. No hay arnés ni casco que te ofrezca seguridad cuando uno habita en lo alto de los edificios. Cuando la vida jamás se baja de sus alturas. No hay seguridad que valga para los que necesitan ver más allá de los muros de hormigón en los que la humanidad ha encerrado sus vidas pequeñas. Para los que buscan cada minuto el horizonte amplio. Para los que necesitan más para sentirse vivos. Todo es más en los tejados. Las noches más frías y los veranos más bochornosos. El silencio es más silencio. La oscuridad más negra y la luz más brillante. En un tejado el que te acompaña está más cerca. A una sola letra de distancia. Tan pegado que no sabes dónde empieza él y dónde terminas tú. El amor es inmenso en las alturas. Más puro. Más vivo. Más verdad. También es más dura la soledad. Más callada y dolorosa cuando el viento se llena de cuchillos en la azotea del destino.