Mi amiga María está obsesionada con los filtros. No con los del aire, ni con el de la gasolina y tampoco con el de la aspiradora, que son filtros como que muy claros. Que se sabe cómo son, dónde están y cuándo están sucios y hay que cambiarlos. Ella habla de otros filtros. Los que a ella le gustaría que tuviesen las personas antes de decir según qué cosas. Esos filtros ya son menos concretos. Más etéreos. Pero ella los quiere y los reclama. Te dice cosas como «tío, filtra» para explicarte que te has pasado, que has sido demasiado explícito. Y luego suele sonreír como sabiendo que a veces pide demasiado, porque no siempre se puede tamizarlo todo. A mí se me da mal filtrar. Me gusta decir las cosas según las pienso. Decirlas y escribirlas. Me gusta ir directo y a la yugular. Decir, por ejemplo, que me parece bochornoso y casi ridículo, nada filtrado, que el Concello de Vilagarcía justifique que sus operarios trabajen sin ningún tipo de seguridad en el tejado del edificio de la escuela de música alegando que se trata de trabajos previos y no de las obras. ¿Es que la ley ve diferencias? ¿Es que no es igual de peligroso que los empleados se suban a un tejado y a escaleras en ese mismo tejado aunque no hagan obras? Suena a camelo. Y a uno que no pasa el filtro de la verdad.