Enrique Campaña comenzó a trabajar como panadero con doce años. Hace 48 creó su propio negocio, Panadería Campaña, en la que hoy trabajan su hija y sus nietos
17 oct 2010 . Actualizado a las 02:00 h.María Santalla Su pan ha llenado y todavía llena los estómagos de muchas familias de Valga y de los municipios de su entorno. Desde que Enrique amasaba a mano y entregaba las bollas a sus paisanos a cambio de un sello en la tarjeta de racionamiento han pasado muchos años y han cambiado muchas cosas, pero en Panadería Campaña siguen teniendo claro que han creado un negocio que «se o traballas, telo seguro».
Trabajar hay que trabajar, y mucho. «É un traballo atadísimo, axuda a madurar antes de tempo e a ter as ideas claras», reconoce Digno que, además de trabajar en la panadería familiar prepara oposiciones para intentar liberarse de esas ataduras. Reconoce, sin embargo, que tiene sentimientos encontrados, porque «se me falta a panadería, fáltame algo».
Quien no tiene dudas es su madre, María del Carmen, para quien el que sus hijos encontrasen otro trabajo sería «a ilusión do cupón». Es consciente de que son afortunados, porque tienen un negocio en marcha que, aunque es muy exigente, les ofrece un modo de vida. Pero también quiso darle a sus hijos la oportunidad de estudiar y decidir su camino. De hecho, la mayor de los tres, Candelaria, ha decidido hacer su vida lejos de la harina y de los hornos.
La propia María del Carmen buscó su primera oportunidad lejos de la empresa de sus padres y se hizo auxiliar de enfermería, aunque no tardaría en dejarlo para volver a la panadería a continuar una trayectoria familiar que resume en pocas frases: «O meu pai foi panadeiro desde os doce anos. Foi panadeiro onde el vivía, en Cordeiro. Despois, cando se casaron, montaron esta, que abriu cando eu nacín. Este local ten dezasete anos; a panadería vella aínda está aí enfronte, aínda se conserva o forno. Todo isto é novo».
Sus hijos ya no, pero Carmen todavía recuerda los tiempos en los que se amasaba a mano. Su padre lo hizo toda la vida. «Empezábase ás dez da noite. Ía en bicicleta e sempre dicía que empezaba a traballar de día e acababa de día». El proceso de fabricación era entonces más lento y no podía faltar en toda panadería una habitación en la que echar un sueñecito mientras la masa fermentaba. Si no había cuarto disponible, los sacos siempre eran un buen colchón para tumbarse un rato. Todavía hoy lo siguen siendo, como reconoce Digno.
Las cosas han cambiado mucho, pero Panadería Campaña continúa acercándose a sus clientes y llevando el pan por todos los rincones de la comarca. Cuando empezaron lo hacían en bicicleta, con dos cestas a los lados. Después, cuando Eladina sacó el carné, iba al reparto con una vespa y un remolque atrás. Hasta que llegó el Land Rover, el primer vehículo que muchas aldeas de Galicia han conocido. Encaramada en él, Eladina salía todas las mañanas en busca de sus clientes. Se cruzaba con dos coches en todo el recorrido. El primero de ellos, a las ocho en punto, el de quien ella llama O Barbas de Carril, que se dirigía a Santiago a vender el pescado.
Desde entonces las carreteras se han plagado de coches y ahora son María del Carmen y su hija Cristina las que salen cada mañana a repartir el producto que sacan de sus hornos que, por cierto, también han cambiado mucho. Lo que sigue intacto es el mimo con el que elaboran el pan, las empanadas y los dulces y su interés por buscar la mejor materia prima, aunque cada vez sea más difícil porque «o cereal, agora, vén todo de fóra».
Ahora, recién acabado el verano, una época en la que el trabajo se multiplica por unos cuantos enteros -Digno dice que suele adelgazar unos once kilos cada verano-, afrontan una época de relativa calma, hasta que llegue la Navidad y con ella otra etapa de intenso trabajo.