A menudo comparo mi trabajo con el de los mineros para explicar que el periodismo no es tan duro a los que me dicen casi a diario que me paso la vida en la redacción. Esto no es una mina. No hay horarios, es verdad, pero la miopía que provocan los ordenadores no es nada comparada con la silicosis que causan las entrañas de la tierra. Hay que aguantar que una funcionaria del Concello de Vilagarcía a la que ni conoces ni quieres conocer interrumpa una conversación con un amigo en la calle para decirte que no te soporta y que te tiene mucha manía por el mero hecho de haber escrito aquí mi opinión. O que te llame sinvergüenza un politicucho esperpéntico con el cerebro horadado por la estupidez como una madera con carcoma. Pero no hay que picar piedra a seiscientos metros de profundidad. Ni te quedas atrapado como los 33 de Atacama, en Chile. Ni te pasas la vida en eterna reconversión industrial como los mineros españoles. Ni mueres tras una explosión de grisú porque no hay ni la más mínima medida de seguridad en tu mina, como ocurre en China o en Ucrania. O en tantos sitios. Los mineros tienen algo. No se puede explicar, pero que el rescate de Chile tuviese más espectadores que la final del Mundial es por algo. Aún estamos vivos.