La mejor decisión es la decisión tomada. Esta frase forma parte de mi decálogo de vida desde que me la dijo un amigo. Me gusta porque resume a la perfección cómo me gustaría sentirme siempre ante un dilema. Con capacidad para relativizar y analizar la situación y con la suficiente determinación y tenacidad como para tomar una decisión y vivir después con sus consecuencias pase lo que pase. A menudo es sencillo dar consejos a los demás. A menudo esos mismos consejos no valen de nada cuando somos nosotros los que debemos dárnoslos. Por eso a mí no me gusta dar consejos. Creo que no hay mejor consejero que uno mismo y que no hay nada en la vida tan grave que pueda paralizarte a la hora de tomar una decisión. Hay dos cosas que uno debe pensar ante cualquier situación. Hagas lo que hagas, la equivocación es un escenario más que probable. Pero, aunque la pifies, el sol saldrá al día siguiente por el este, el aire seguirá siendo respirable y la tierra girará sobre su eje. El error no es equivocarse. El error es no intentar conseguir lo que uno de verdad desea. Si luchas por lograr lo que quieres y metes la pata, incluso aunque el dolor sea el resultado de tu decisión, habrás triunfado. El éxito es la lucha. El triunfo o el fracaso son solo una posibilidad.