Fui a cenar con amigos y amigas -así lo diría Bibiana Aído- la noche pasada. Mesa redonda. Buena compañía y una charleta distendida que solo se tornó seria cuando se habló de los políticos. Y eso que todos estábamos de acuerdo. Tristemente de acuerdo en que nuestra clase política actual se caracteriza por su poca formación, nulo carisma, inexistente sentido de Estado y una cara dura como el diamante. Pero sin su valor. Excepciones hay, pero cada vez menos. Pongo ejemplos de por qué los políticos pierden la confianza de los ciudadanos. Sin entrar en detalles sobre sueldazos por no hacer nada, jetas-asesores por doquier, nepotismos y corruptelas. Me refiero a cosas como, por ejemplo, que el PP bramara contra el Bipartito por las peligrosísimas y chapuceras rotondas en pendiente de O Pousadoiro y ahora que gobierna y puede solucionarlo diga que no hay dinero. O que el PP acusara al Bipartito de ningunear a la Festa do Albariño porque Cambados tenía un alcalde popular y ahora la Xunta de Feijoo haga tres cuartos de lo mismo con la Festa do Marisco porque O Grove está gobernado por un regidor socialista. Esto no es política. Es politiquilla. Y muchos de nuestros cargos públicos no son políticos. Son politicuchos. Lo peor para tiempos de crisis.