Las personas somos como besamos. Aunque no siempre besemos del mismo modo. Porque también besamos como sentimos. Y los sentimientos cambian. Se transforman. Hasta desaparecen bajo las aguas oscuras del lago de la nada. Hay besos que no se dan y en cambio son más apasionados que los que sí se consuman. Besos furtivos. Posados entre la fina frontera del labio y la mejilla. Hay besos apasionados, como el amor cuando es amor. Gigantes. Ardientes. Y hay besos pequeños. Besos presagio del fin de una era. Besos en los que los labios, más que acogerse unos contra otros, rebotan en un muro de gris cemento. Hay amores que matan y besos que queman. Cuyo recuerdo puede consumirte el resto de tu vida. Hay besos helados como una estepa en la que no crece nada. Besos sobre los que ya nada se puede construir. Los besos siempre sustituyen a las palabras. A las que no se dicen por miedo. A las que se callan por precaución. Otras veces las complementan. Subrayan en rojo lo que los verbos han dicho en negro. Y hasta dan pistas sobre lo que hemos escrito con tinta invisible. Esa que solo se hace legible al calor de una llama. Besar es entregar una parte de ti al que se besa. Es enseñarle el abismo que todos llevamos dentro. Y asomarnos al precipicio del otro.