Me ha faltado el aire muchas veces. Muchas noches que pasaron sin traer el día. El respirar deja a veces de ser un acto mecánico e inconsciente y casi se convierte en el hecho central de tu vida. Eso ocurre cuando la respiración no se corta en los pulmones, sino en el pecho. Y no es lo mismo. Hay personas que necesitan ser respiradas para comprenderlas del todo. Que no vale con verlas, con escucharlas y tocarlas. Debes inhalarlas y llenarte de ellas por dentro. Esas personas te cambian para siempre con una única y hasta breve bocanada. En un suspiro. Los ojos con los que ve el corazón están en el olfato. En nuestra capacidad para impregnarnos del aroma de las personas. De la esencia que nos dejan sus palabras, sus miradas esquivas, sus manos entrelazadas con las nuestras y su abrazo tan contenido como ardiente. Como el que se dan dos náufragos que se encuentran tras años perdidos en una isla anegada por el olvido. Puedes pasarte la vida entera llenando y vaciando tus pulmones sin haber respirado nunca. Porque para entender las grandes cuestiones de la vida, para vivir de verdad, hay que ver, amar, sentir, pensar y respirar con el corazón. Lo importante no puede ni verse con los ojos ni sentirse con las manos. Se respira con el alma.