En todas partes cuecen habas. Siempre que haya una olla y un fuego, hay potaje. Los partidos políticos suelen mantenerse unidos y como vacunados contra las discrepancias internas cuando no tocan poder. Cuando no hay nada que rascar. Pero en el momento en el que obtienen representación en un pleno municipal, un parlamento o lo que sea, la cosa cambia mucho. Le ha pasado a todos. Y un buen ejemplo de lo que hablo es lo que está pasando en Izquierda Unida en Vilagarcía. Nunca tuvieron muchos líos durante sus largos años de travesía en el desierto. Cuando un escaño en la corporación municipal era algo así como una meta imposible. Y si los hubo, poco trascendieron. En cambio, cuando lo imposible se hizo posible y Juan Fajardo se sentó en Ravella y cuando después le acompañaron otros dos compañeros la cosa cambió. Y el momento cumbre llegó cuando una concejala tuvo que dimitir por motivos personales y el que la sustituyó no fue el siguiente de la lista, Mariano Ibáñez, sino la número cinco. Fue por imposición de la dirección local, pero Mariano se sintió mal. Apartado. Tanto, que ahora milita en un nuevo partido, Esquerda Anticapitalista Galega, y tiene intención de presentarse a las municipales. A IU se le va a complicar el puchero.