La vida es un regalo. Una fiesta en la que todos tenemos hora de vuelta a casa. Unos más tarde y otros más temprano, pero todos volvemos. O vamos. Quién sabe. Yo no. La vida es un cirio blanco y grueso. Todos partimos con la misma cera. O parecida. Más o menos. Bueno, quién sabe. Yo tampoco. Admito que yo sé pocas cosas sobre la vida. Lo que realmente cambia de una vida a otra es la llama. La fuerza con la que se consume la mecha que diluye la cera de nuestra vela. Hay quiénes viven deprisa y se consumen antes. Hay otros que viven más despacio y su mecha da para más. Unos dan más luz y otros menos. Suele depender de la sala que ilumine cada quien. Pero tampoco importa tanto. Nos parece que nuestra vida es la más importante. Que es única e irreemplazable. Pero no es así. Solo somos una pequeña luz entre las miles de millones que lucen. Entre los millones de billones, de trillones, que han lucido. Ayer supe que una persona a la que aprecio está enferma. Él es de los que ha consumido mecha a toda pastilla. Ha vivido deprisa. Y lo sigue haciendo, porque le sobran cera y bemoles. Lo ha hecho a su manera, como decía la canción de Sinatra que tanto le gusta. Nadie sabe cuánta mecha tenemos, cuánta nos queda. Qué más da. Lo que importa es la luz.