Deseamos lo que vemos. Lo que nos rodea. Lo que sabemos que existe y, sin embargo, se nos hace inalcanzable. Deseamos lo que no tenemos. Deseamos. Y el deseo es sufrimiento. Frustración. Hoy iré al festival de Paredes de Coura, en Portugal, para ver al grupo The Cult. Uno de los que sin dudarlo me llevaría a una isla desierta. Viene a cuenta porque esta banda tiene entre sus canciones imprescindibles una que lleva por título «Nirvana» y que yo escucho una vez tras otra, todo el tiempo, cuando algún problema me bloquea el flujo de felicidad. Dicen los budistas y los hinduistas que el nirvana es la ausencia de deseo. Y, por tanto, la total paz espiritual. El cese de todo sufrimiento. Es verdad. Si todo te importa un pito, nada te afecta. Y no hay nada que te pueda hacer infeliz. Pero yo no quiero ese nirvana. Porque yo creo en los opuestos. En que las cosas solo tienen un verdadero sentido cuando has experimentado su opuesto. Sabes que eres feliz cuando antes has sido infeliz. Sabes que sufres porque antes has disfrutado. Sabes que vives porque cada día ves la muerte a tu alrededor. Así que mi nirvana, el que imagino cuando escucho compulsivamente la canción de The Cult, es un lugar tan lleno de deseo como de resignación. Es el paraíso y el infierno. A la vez.