Tabaquismo

AROUSA

Soy fumador. Lo seré siempre, aunque algún día logre dejarlo definitivamente. Hasta ahora mi récord está en cinco años, pero volví a caer. A los fumadores ahora nos tratan como a apestados. Y no me parece mal. Cada vez que suben el precio de la cajetilla o que me prohíben fumar en un bar, una cafetería o en el trabajo me hacen un favor. Me acercan a dejar para siempre una droga potentísima y cancerígena que sin embargo es legal y llena las arcas del Estado. Ese mismo que ahora me dice que lo deje, que me estoy matando. La cuestión no es por qué no soy capaz de dejar de fumar, sino por qué empecé a fumar. Pensé ayer en esto cuando veía mi capítulo diario de «Verano azul». Esta vez, los padres de los chicos, para conocerles mejor, organizan un guateque. En la fiesta, los dos más pequeños, Tito y Piraña, se saltan la prohibición de beber alcohol y la agarran. Un hecho que se presenta como algo gracioso. Al resto, no les permiten beber, pero sí fumarse un pitillito. El cigarrillo va pasando de boca en boca por todo el grupo. Pancho, Javi, Quique, Bea y Desi. Todos fuman. Un hecho que se presenta como algo normal y como una prueba de que se están haciendo mayores. En las series ñoñas de la tele y en aquel estado de opinión está la causa de mi tabaquismo.