La vida puede resumirse en un solo día. Naces con el alba, te desarrollas en la mañana y en la tarde y mueres con la noche. Y cada amanecer renaces a un mundo que es nuevo aunque se parezca muchísimo al del día anterior. El sueño es la catarsis que nos permite resucitar. Quizás sea verdad que para vivir de verdad hay que morir primero. Y por eso morimos cada día en los brazos de Morfeo. Igual ese es el sentido del sueño. O a lo mejor el sueño tampoco tiene sentido. Como casi todo lo que nos rodea. Hace unos días que duermo mal. Que no consigo la placentera muerte purificadora que trae la noche. Y así es imposible renacer renovado al día siguiente. Te levantas del mismo modo que te acostaste. Cansado, harto, desanimado y con ganas de darle al botón de «reset». Ese que tienen los aparatos electrónicos para volver a empezar cuando se han bloqueado. No es la primera vez que tengo insomnio. Me pasa a veces. Por culpa del estrés. De las preocupaciones. Que se resumen básicamente en intentar averiguar si hay felicidad en alguna parte de uno mismo. En si la habrá algún día. Sin saber que la infelicidad, como el insomnio, están precisamente provocados por hacerse tantas veces esa misma pregunta. Pensar no ayuda a conciliar el sueño.