Confieso que no sé de Jorge Luis Borges ni la mitad de lo que me gustaría. Y eso es menos de un cuarto de lo necesario para poder hablar de él. Si me atrevo es porque el otro día vi un documental sobre él que me impactó. Me vi reflejado en muchas de las palabras, los actos, los pensamientos y las frustraciones del genial escritor argentino. Su vida fue un eterno deambular por el laberinto. Uno sin Minotauro al que derrotar y sin hilo de Ariadna con el que guiarse. Y así me siento yo. Perdido en el laberinto. Rodeado de oscuridad. En una sucesión de habitaciones. Buscando la puerta de salida y dudando cada día si realmente existiremos la puerta y yo. Incluso el laberinto. Borges halló su hilo de Ariadna en una mujer, María Kodama. Su puerta de salida. Su victoria sobre un Minotauro que no era bestia con cuernos, sino absoluta clarividencia sobre lo fatal de la existencia humana. Borges no fue diferente de otros hombres al hallar la paz en el amor. Pero sí lo es, en mi opinión, en su respuesta cuando le preguntaron en su vejez qué habría cambiado de su vida. «Me habría gustado ser más feliz», dijo, y añadió «pero no por mí, sino por ella». Ese es el verdadero amor. El que busca la felicidad propia para entregársela al ser querido como el mejor regalo posible.