10 jul 2010 . Actualizado a las 02:00 h.

L a vida sin pasión no es vida. Es mera existencia. Es pasar de las horas, de los días, de los meses y de los años. Es desayunar, comer, cenar y dormir. Es un eterno retorno. Necesitamos de la épica. Nos hace falta ese chute de adrenalina que nos hace vivir de verdad. Y la verdad, en la vida, es saber que uno siente. Que no se conforma. Que la realidad no está edulcorada. Que tiene azúcar y calorías. La épica es el antídoto del existencialismo. Por eso todos la buscamos en cada rincón de nuestra existencia. Unos la encuentran en el trabajo, otros en el amor, algunos hasta en la guerra y casi todos en el deporte. Que no es más que una especie de batalla civilizada. De niño le decía a mi madre que las guerras entre los países deberían solucionarse con un partido de fútbol. O con una partida de ajedrez. O de lo que sea. Y eso es un poco lo que nos pasa cuando Nadal juega la final de Roland Garros, Fernando Alonso corre en Mónaco o la Roja triunfa en Sudáfrica. Que volvemos a sentir la épica de la vida. Que somos capaces de apasionamos. Y vivimos de verdad. En la verdad. Y está bien. Pero sin olvidar que el verdadero partido. La auténtica final. El único Campeonato del Mundo que merece la pena jugar y ganar es el nuestro. El de cada uno. Suerte.