El tío Damián

AROUSA

De crío, un mal aire convirtió a Damián en un niño grande que cincuenta y tantos años después se las sabía todas. Fue generoso con sus mujeres, que las tuvo, y a pares, y ellas le quisieron mucho hasta el final. Como le sobraba olfato, se atrevió a regalarles lencería fina sorteando dificultades y tallajes hasta convencer a los tenderos de Oñati, donde vivía, de que le abriesen cuenta. Tampoco se arrugó a la hora de organizar su propio txoko , un furancho particular en el desván de su casa que aprovisionó con tinto rioja y un jamón guindado sigilosamente al bueno de su hermano Andrés, quien lo buscó en vano para dar con él solo cuando Damián y sus chicas ya casi se lo habían pulido. Se reía con sus sobrinos y le gustaban el sol y el café. Que no faltase el cupón del día, ni un par de euros. Pero sobre todo el aire libre. Nunca fue amigo de perder tiempo y salud entre cuatro paredes. Ataviado con su gorra y su riñonera, con sus lentes gruesas y tres chamarras, las unas sobre las otras, recorría infatigable calles y caminos. Ayer dijo hasta luego a su gente y quebró las últimas ataduras. Ahora puede pasear a sus anchas y viajar a los páramos jamás olvidados de Poveda. Tal vez, por qué no, junto a Santitxo, que quiso adelantarse unos meses y lo hizo, el muy jodido.