Apenas dos años ha sobrevivido su taberna de siempre a Vicente Avilés, el hostelero cuyo nombre figurará asociado para siempre al del local que hizo crecer hasta convertirlo en uno de los emblemas de A Baldosa. En mayo se cumplieron 24 meses desde que el bueno de Vicente se llevó con él al otro barrio su oficio para servir los mejores vinos y las más sabrosas tapas allá donde las licencias de apertura se otorgan, suponemos, a perpetuidad. Su sucesora tras la barra del Xentes llevaba ya un tiempo al frente del negocio. Pero cualquier esfuerzo, ya se sabe, es vano cuando la cartera inmobiliaria se asoma tras la esquina. Nos queda el consuelo de saber que la venta del inmueble, que acogió otro negocio histórico, el hostal Cortegada, supondrá la rehabilitación del edificio y, probablemente, la recuperación de su actividad hotelera. Atrás queda un cuarto de siglo de hostelería en Vilagarcía, que el viernes vivió su última noche, celebró su última fiesta, sirvió un último trago.
Será difícil olvidar aquellas croquetillas de chorizo que los sábados acompañaban el trago, pequeños bocados de sabor por los que incluso competían las mismas gaviotas que tiempo después se fijaron en la tortilla de Román. Román, por cierto, fue uno de los que no faltaron a la despedida. Bailón, de buen humor, le dijo adiós al local de un amigo de toda la vida echando una última pieza con la última tabernera de su historia. Peto también se dejó caer por allí con su música, al igual que los Kikos, convocados para la ocasión por otro fiel cliente, el gaiteiro Carlos Rey. Y, en fin, tantos compañeros para la memoria. Con un bar.