La pobreza está a la vuelta de la esquina. La crisis, prolongada y profunda, en la que navegamos nos ha puesto delante de las narices a un nutrido grupo de nuevos pobres. La confianza en el Estado de bienestar -y el espejismo de un paraíso de nuevos ricos en el que nos hemos acomodado- nos había llevado a pensar que habían desaparecido para siempre. Los servicios de asistencia social, las asociaciones de caridad y las de solidaridad llevan meses atendiendo a esas personas, que requieren ayuda para lo más perentorio: dar de comer a sus hijos.
Los demandantes de raciones en las cocinas económicas, de ropa en los almacenes de Cáritas o de cama en los refugios ya no son solo personas que se han quedado al margen por culpa de las drogas o del alcohol, inmigrantes que no han logrado engancharse a las redes de autoayuda de los simpapeles o gente que ha perdido el hilo (o que nunca lo enhebró) de una vida razonablemente confortable. No, ahora son también hombres y mujeres jóvenes que se han quedado sin empleo y que agotaron las prestaciones públicas y las posibilidades de recibir apoyo familiar; ancianos a los que las pensiones no les dan más de sí y que no pueden recurrir a la asistencia de unos hijos que antes trabajaban y ahora ya no. La crisis ha servido para recordarnos que nuestras ciudades y pueblos albergan un Tercer Mundo que creíamos superado.
Es un mundo de necesidad extrema que no debe llevarnos al engaño. Aquí, y en la peor de las circunstancias, esa dolorosa situación atenaza a una pequeña parte de la sociedad, que en los países empobrecidos del sur se eleva a la enésima impotencia. La preocupación por los que tenemos más cerca y el temor a acabar siendo nosotros mismos uno de ellos, en lugar de invitarnos a olvidar a los que están lejos, debe llevarnos a combatir la condena que padecen a diario mil millones de personas en el planeta.