Mientras usted lee estas líneas yo estaré tumbado en una playa con el viento en la cara y unos bocatas en la mochila. Al menos esa es mi intención cuando escribo este artículo. Hace mucho calor y la previsión del tiempo habla de un fin de semana espléndido. Perfecto. Hubo un tiempo en el que no me gustaba nada ir a la playa. Un tiempito bastante largo. Años y años. Soy un tipo maniático y las arenillas pegadas por todo el cuerpo y esparcidas después por toda la tapicería del coche me ponían un poco de los nervios. Siempre me ha gustado el mar y me puedo pasar horas entre las olas, pero en Galicia eso es imposible sin sufrir un colapso por lo fría que está el agua. Así que un día de playa aquí es más un día en la arena que un día en el agua. Todo un reto para mis manías. Fue una chica la que me enseñó a disfrutar de la playa en Galicia. Con ella aprendí que las cosas cunden -así lo dice ella- o no dependiendo de quién esté a tu lado. Y es así. Desde entonces la playa es para mí casi como un animal mitológico. Un lugar de leyenda. Una isla de Avalon o un Asgard perfecto. Es el símbolo de la paz, de la tranquilidad y de la perfección. De la felicidad que da la plenitud. La playa es el estado ideal. El lugar al que siempre regresar.