Odio a las moscas. Odio muchas cosas. Más de las que merecen ser odiadas. Pero mi odio por las moscas está justificado y no es de ahora. Me pasa desde siempre. Desde que tengo memoria, recuerdo bien que odio a las moscas. También a los mosquitos, por razones distintas. No me gustan las moscas. Me parecen un bicho asqueroso y molesto. Tan grimoso como oportunista e insalubre. Es aparecer el primer rayo de sol y ya están ahí las moscas. Por miríadas. Algunas son pequeñas y casi delicadas y pienso que son jóvenes. Recién nacidas al albor del calorcito. Y eso tiene su lógica. Pero otras son enormes. Gigantes. Zumbonas. Y me pregunto cómo narices pueden aparecer ya así. Adultas y poderosas. Insistentes. ¿Dónde estaban cuándo hace solo unos días hacía frío y llovía? ¿Cuándo han nacido? ¿Son así de grandes desde el primer día de su vida? No lo entiendo. Confieso que siento tanto asco por ellas como curiosidad. Casi admiración. Valoro su resistencia. Su adaptabilidad. Su tenacidad. Su capacidad para hacernos la vida imposible. Incluso para enfermarnos y matarnos. Las moscas son un recordatorio. De que todo lo bueno, como el calor, entraña algo malo. Y de nuestra pequeñez, a merced siempre de cosas tan insignificantes como una simple mosca.