No me gustan las modas. Dejé de llevar camisetas de los Ramones cuando las empezaron a vender en las tiendas de ropa normal. Me enamoré de los U2 cuando a Bono y The Edge ya les habían salido muchas arrugas y jamás leo un best seller. Odio hacer lo que los demás hacen. Odio vestir lo que los demás visten. Y odio leer lo que los demás leen. Odio ser uno más en la manada. Por eso es normal que se me antoje leer libros que ya no están de moda. O regalarlos. Y cada vez que un libro me viene a la cabeza y bajo a la calle para comprarlo recibo el mismo y tozudo topetazo en mi frente: Sin existencias. Eso es lo que me dicen en todas las librerías. Vilagarcía es una ciudad sin existencias para muchas cosas. Y agota. Porque yo concibo la cultura como un enciclopedista. Es decir, como una acumulación de saber. Por eso acumulo libros y discos en mi casa. Algunos no los he leído jamás. Otros los he leído hasta la saciedad. Pero me gusta vivir con todos. Respirar el polvo que se acumula en las hojas que amarillean con los años como blanquea mi pelo. Una ciudad es un lugar en el que hay al menos una librería en la que no siempre te encuentras que el libro que se te ha antojado está sin existencias. Y para eso a Vilagarcía aún le queda un trecho.