Ser feliz, auténticamente feliz, es lo máximo a lo que puede aspirar una persona. La pregunta es qué nos da felicidad. Qué nos hace sentir que estamos en el barco adecuado, que vamos a un puerto en el que nos recibirán con los brazos abiertos y que durante la travesía no naufragaremos víctimas de la tempestad. La felicidad es esquiva, huidiza. Como todo éxito, es más fácil alcanzarla que mantenerla. Por eso es importante tener muy claro en la vida qué es lo que nos hace felices. O quién. O quiénes. Porque a esos dadores de felicidad hay que cuidarlos como a una hoguera que no quieres que se apague nunca. Hay que echar un leño cada mañana en ese fuego para que siempre dé luz y calor. A mí me dan felicidad mis amigos, sobre todos los que como mi gran Bea me sacan de los abismos en los que caigo. También mis padres y mi hija. Me da felicidad un paseo por la playa en una tarde de sol. El mar. Tanto por dentro como por fuera. Pero la auténtica felicidad, la que se queda para siempre a tú lado no está en nada ni en nadie más que en ti mismo. Como decía el poeta inglés William Henley, el del poema que inspiró a Mandela y cuya historia se cuenta en la película «Invictus», la felicidad está en sentir que uno es el capitán de su alma y el dueño de su destino.