No se puede vivir con miedo, pero no hay nadie que viva sin sentir su escalofrío en el cogote. El miedo te hace listo. Te ayuda a no ser un idiota atolondrado. El miedo es un instrumento de supervivencia. Te hace pensar en lo que es bueno y en lo que no lo es. Pero, como con todo en la vida, el miedo debe ser administrado en su justa medida. En el término medio, que decía Aristóteles. Porque muchos miedos, te paralizan. Te conducen al fracaso. Ante cualquier decisión importante de la vida es normal sentir miedo. Otra cosa sería de locos. Pero permitir que el miedo te impida dar un paso sobre otro es fracasar antes de haber empezado. Es perder sin haber jugado. Y la vida es un poco cómo un juego. Ante cualquier tesitura que plantea dudas. Ante cualquier empresa importante, el devenir se bifurca en dos caminos. Uno es el de no intentar. El de no arriesgarse. Ese recorrido conduce siempre al fracaso. Al peor de ellos, que es el de ni tan siquiera intentar aquello que uno sospecha que te puede conducir a la felicidad. El otro camino es el de intentarlo. Y este se divide, a su vez, en otros dos. Uno es el del triunfo. El de la victoria. El otro el del fracaso. Pero este fracaso es ya otro. Porque no pierde el que intenta ser feliz. Solo lo hace el que por miedo ni lo intenta.