La vida es como el bote vacío de detergente Colón en el que mi madre guardaba algunos de mis juguetes. En él metía mis airgam boys y mis clicks de Famobil con sus cientos de pequeñas piezas de plástico. Cinturones, gorros, espadas y todo tipo de accesorios formaban, junto a las figuras, una masa de plástico móvil, anárquica y multicolor. Había figuras de casi todo. Romanos, soldados del Imperio Británico, piratas, policías, bomberos, buzos o cowboys. Los airgam boys eran más grandes y solo había chicos. Los clicks, más pequeños, y las mujeres se distinguían porque todas parecían estar embarazadas. Extraño. El caso es que cuando buscabas en aquel bote de Colón el airgam boy que querías rara vez lo encontrabas. Salían todos los demás menos ese. Y me ponía de los nervios. Recuerdo que volcaba todos los juguetes sobre la alfombra de mi habitación y me volvía loco buscando lo que quería. Pero ni así. Así que cuando ya me había frustrado del todo, me iba al salón a ver un rato la tele, a la cocina a merendar o a lo que fuera y volvía al ratito. Calmado, tranquilo y tras tres respiraciones seguidas volvía a mirar en aquella montaña de muñequitos. Un, dos, tres y allí estaba. Aparecía. Como en la vida, lo bueno llega despacito y solo si tiene que llegar.