San Valentín

AROUSA

Odio San Valentín. Me pone de los nervios esa vulgar obstinación de estos tiempos que corren de dedicar un día a todo con la única intención de vender. De obligar a comprar. Hay un día de la madre, del padre, del trabajo, de la mujer, del niño. Uf. Qué pereza. Pero el colmo de los colmos es dedicar un día al amor. A los enamorados. Hay cosas que no caben en un día, igual que el mar no cabe en un bote de garbanzos de esos de cristal que venden en los supermercados y que usamos los que no sabemos cocinar para preparar potajes diversos. El amor es, quizás, lo único que vale la pena de esta vida. Cuando es verdadero, el amor, junto con la paciencia, es el arma más poderosa que existe para alcanzar la felicidad. Aunque, cuando no es correspondido, también es el peor de los abismos en el que precipitarse. El domingo no es el día del amor, porque los enamorados, los que verdaderamente lo están, no necesitan un día. Por no hacerles falta, ni tan siquiera necesitan estar juntos ese día como el sol no necesita brillar cuando lo hace la luna. Convertir el amor en mercancía es una falta de respeto para un sentimiento que ha inspirado miles de versos, libros, películas y canciones sin las que el mundo ya no sería igual. Lo siento San Valentín, pero yo paso.