Somos una sociedad desnortada. Sin equilibrio. Sin valores. Hay un terremoto en Haití, mueren tropecientasmil personas -nunca sabremos cuántas- y el mundo se vuelca con los damnificados. Enviamos bomberos, policías, agua, comida, medicinas, ropa, mantas y todo lo que haga falta. Los países hasta compiten por ver quién es más solidario. Como si fuera un concurso. Y los ciudadanos de esos estados como España, Francia o Italia ven los telediarios horrorizados por tanto desastre y presionan a sus gobiernos para que ayuden a Haití y a los pobrecitos haitianos. Al mismo tiempo, en dos ayuntamientos catalanes ya han hecho lo que muchos españoles quieren hacer, que es negar el empadronamiento a los inmigrantes irregulares para que no usen los hospitales y los colegios que no pagan. Ahí no hay solidaridad. Debe ser que se pierde en el inmenso océano. Que se queda en el viaje. Es como si solo pudieramos sentir pena en la distancia. El haitiano da pena si malvive, sufre y muere en Haití, pero es un indeseable, una lacra y una rémora insostenible si decide arrastrar su mala suerte por nuestras calles. Está claro que la inmigración irregular es un problema y que hay que controlarla, pero no hay que perder el norte si no queremos volver a 1939.