Cuando era pequeño, jugaba con los niños de la barriada gitana que había junto a mi barrio pijo. Jugábamos a lo mismo. Ellos nos tiraban piedras y nosotros se las tirábamos a ellos. Y, sí, a veces había heridos. Por ambos bandos. Aquellos gitanos no se parecían en nada al compañero de mi padre, un alto ejecutivo de una multinacional francesa. Porque en la vida, más que payo o gitano, lo que cuenta es la formación que tengas y la pasta que ganes. El color de la piel no te da dinero y no debería quitártelo. Ayer conocí a un montón de gitanos en la concentración que hubo en Vilagarcía para reclamar que el niño Moisés, al que la Xunta le ha apartado de su familia porque tenía sobrepeso, vuelva a casa. Después de oír a los gitanos llegados de toda España, me quedó claro que ya no jugamos a lo mismo. Mientras la Xunta dio su palabra de devolver al crío a la familia y no la cumplió, el abuelo de Moisés sí fue fiel a su compromiso. Y mientras los gitanos hablan con una sensatez y un sentido común absolutos, la Xunta -que no los payos- actúa de un modo irracional e incluso oculta la verdad. Moisés tuvo un problema de peso y nadie hizo nada y ahora que no lo tiene van y le apartan de su familia. Si se han propuesto destrozarle la vida lo están haciendo fetén.