Espere verde

AROUSA

La vida es como un semáforo. Como uno de esos que cuando llegas tienes que apretar un botón para que te deje cruzar. Tienen un panel grande y luminoso que, en letras rojas, al pulsar, te dice: «Espere verde». Nuestra existencia es muchas veces como esa calle llena de coches que quieres cruzar. Quieres llegar al otro lado. A la otra orilla. Pero en tu camino se interpone el negro asfalto y todos esos coches con sus luces cegadoras y sus ruedas amenazantes. Para colmo, cuanta más prisa tienes, suele llover y el frío viento te corta la cara. Por eso pulsas varias veces seguidas el botón. Con ansiedad. Y aunque el mensaje es claro, «espere verde», lo vuelves a hacer una y otra vez aún a sabiendas de que eso no hará que el muñequito verde aparezca antes. La prisa no es solo cosa tuya, ni de tus miedos y angustias. Cada persona que llega pulsa el botón compulsivamente, aunque lo hayan visto hacer al peatón anterior. Es curioso que nos comportemos de modo tan irracional con el semáforo y con el programa informático que rige sus acciones. Si nos relacionamos así con algo tan racional como una máquina, qué vamos a esperar de nosotros mismos cuando intentamos conocer a los demás y, más aún, a nosotros mismos. Pues que siempre crucemos en rojo.