La vida pasa deprisa. Acelerada. Y, sin embargo, siempre tenemos esa falsa sensación de quietud, de seguridad, de estabilidad. Nos parece que las cosas no pueden cambiar. Pero cambian. Y lo hacen en un solo clic. En el minúsculo momento que se tarda en chasquear unos dedos, el mundo se vuelve del revés y no reconoces nada. Es la crisis, que de económica pasa a personal en un plis. En otro clic. Todo empieza cuando se lleva por delante al bar de la esquina al que ibas a tomar la tapa antes de comer. Sigue con la amenaza de cierre en la empresa constructora en la que trabajas porque ya no se pone un ladrillo. Continua cuando la mujer te suelta que no es feliz a tu lado y encuentras el colofón en una visita al doctor porque parece que te cansas y te dice que esa mancha del pulmón hay que mirarla mejor y que te van a hacer un TAC. No te mientan la palabra maldita, pero no te hace falta. En dos semanas, adiós a tus certezas, adiós a tus seguridades. En un clic pasas de ni saber que había un abismo junto a tu jardín a descender a sus más oscuras profundidades. ¿Moraleja? Pues que hay que vivir mientras nos dejen. Lo mejor que podamos. Y sabiendo que, como decía Byron, el mundo no puede dar alegrías tan grandes como son las que quita.