Nunca he sido de esos tipos que arreglan cosas. Llevo ya casi un mes viviendo en mi piso nuevo y aún me quedan por colgar el perchero, una estantería y un espejo. Todo aquello que necesite taladro, porque ni tengo ni sé usarlo. No me cuesta reconocerlo. El miércoles por la noche se me estropeó la caldera del gas natural. Nunca había tenido una, así que aún estoy pillándole el tranquillo. Al día siguiente venían mis padres a verme y me aterraba la mera idea de tener que esperar varios días al técnico sin calefacción y sin que ni yo ni mis importantísimas visitas pudiésemos ducharnos. Desesperado, acudí a la única persona que podía solucionar el entuerto: mi amiga Berta. Ella es una auténtica manitas, cualidad que acredita su enorme caja de herramientas perfectamente pertrechada. Yo, en cambio, tengo solo un destornillador, un martillo y algunas puntas todas metidas en un cajón. Berta actuó cómo un cirujano. Me pedía libro de instrucciones, destornillador y trapo como un neurocirujano solicita a su enfermera escarpelo, bisturí y gasa. La cosa estaba difícil. Pero ella no se rendía y finalmente abrió la manecilla mágica que puso fin al problema. La casa está caliente y nos hemos podido duchar por la mañana. Adoro a la gente que repara cosas.