Llevaba tiempo la rosa azul bañándose en la luz del atardecer más allá de las cumbres de Barbanza. Hormigón y metal bajo un azul añil, esperando el momento de comenzar a funcionar. Porque Rosadomar, más allá del sueño de un creador, es también una baliza. Una metáfora, quizás, de la transición entre el ajetreo industrial del puerto y la sucesión de los ciclos naturales de la ría. Pero también una luz que ilumina a los navegantes, la señal de que llegan a casa, aunque esa casa sea tan fugaz como las horas que los estibadores emplean en destripar su carga. El asunto es que Rosadomar asistió el jueves por la noche a su inauguración oficial, ajena a todo protocolo, ascendiendo desde su base en la que crece ya la herba namoradeira de los cantiles de San Andrés. Los rituales. Confesión. Un servidor llegó tarde al ritual de la palabra. Caminando desde el este, a distancia, Rosadomar competía en relieve con el palo del Aldamiz Once, el único barco abarloado en su misma línea, y la grúa de la draga que contribuyó a crear este nuevo espacio sobre el mar que es Ferrazo. Dicen que Xaquín Chaves habló bien y poco, igual que Javier Gago . Será cierto. Lo importante, no obstante, no eran los discursos sino la estructura a la vez frágil y densa, ligera y contundente, que se levanta sobre la superficie del mar de Arousa en una perspectiva que merece la pena ser analizada desde todos los puntos de vista. El baile de violín y viola protagonizado por Rosa Gayoso y Robert Plasche, reviviendo las composiciones de Mozart y Haendel, ponían banda sonora a un atardecer que brindó, a última hora, la verdadera luz. La clientela, un puñado de amigos, se dispuso a beber.
La carpa instalada en los jardines de la Autoridad Portuaria cobijó a los sedientos. Marcó, también, el último paso de una inauguración que, a partir de entonces, se abrió plenamente a la noche de Vilagarcía. Antes, fundamental, el catálogo. Soberbio. La genealogía de una pieza en la que arquitectura, ingeniería y arte se entremezclan con importancia equilibrada. Rosadomar nació allí mismo, allí se construyó su esqueleto, allí se engendró su carne de hormigón, allí se puso en pie por primera vez. Hay rosa en Ferrazo, hay farolas de viento en el muelle de Pasajeros. Tal vez sea hora de atacar, por fin, esa otra luz en penumbra que es el deteriorado faro de Rúa.