En 1981, el monfortino Luis Conde llegó a Vilagarcía para jugar al baloncesto. Veintisiete años después, sus tres hijos también se dedican a este deporte
27 jul 2008 . Actualizado a las 02:00 h.Hace 35 años, Luis Conde ya se merecía un recorte en la prensa. Aparecía en El Correo Gallego una entrevista suya a raíz de su fichaje por uno de los equipos santiagueses. Unos meses antes, este monfortino ya había tenido su primer contacto con Vilagarcía, donde se disputó una fase de intersector «y fuimos recibidos por el alcalde», recuerda. Conde Mena compartía equipo, el Calasancio, con un Arturo Seara que después llegaría a jugar en el Barcelona. Luis, desde luego, no se imaginaba que la localidad arousana sería su punto de residencia definitiva pocos años después.
Cursó sus estudios universitarios y al acabar lo tenía muy claro: «Dije que me iría a jugar a un equipo que me ofreciera un trabajo». Y esa opción apareció en Vilagarcía. Corría el año 81. Luis estaba todavía soltero, pero poco después se casaría con María. Los hijos tampoco tardaron en llegar. Adrián nació en 1984 y dos años después venía al mundo Ángela. Fue esa temporada, la 85-86 cuando Luis decidió dejar la práctica activa del baloncesto. Su último equipo fue el Clesa Vilagarcía. Todavía le podría el mono, sin embargo, unos años después y decidió ponerse de nuevo la camiseta para ayudar al BBC en su primera experiencia con un equipo sénior. Luis, Celso y Mon Campos acogieron bajo sus alas a una pandilla de imberbes baloncestistas recién salidos de juveniles, y colaboraron de manera imprescindible en colocar las bases de lo que hoy es el Inelga BBC.
A esas alturas, Adrián y Ángela ya hacían sus primeros pinitos con la canasta. «Nos criamos en las pistas», recuerda ella. La mediana de los Conde ha pasado las últimas cuatro temporadas jugando en la competición universitaria estadounidense. Allí volverá todavía el próximo curso para completar la carrera, le faltan seis asignaturas, y para entrenarse, aunque no pueda jugar los partidos, con sus compañeras del centro de Oklahoma. Después, volverá, y su intención es seguir jugando, quién sabe si en un Extrugasa con el que ya debutó siendo todavía júnior.
Adrián también compagina los estudios con el baloncesto. La temporada pasada jugó en el Inelga, pero causa rubor comparar las facilidades que tiene Ángela en Estados Unidos -con horarios perfectamente definidos para que los libros no estorben al balón y viceversa- con los números que hay que hacer por estos lares. El primogénito se lo está pensando, pero parece complicado que repita en el cuadro de Vilagarcía.
Y nos queda el menor. Jorge calza un 42 a sus catorce años y proclama, orgulloso, que va a jugar «en el cadete A del BBC y me va a entrenar Isidoro». A Jorge, que tiene pinta de que va a ser el más alto de los cuatro, lo que le gusta es jugar de alero. En eso se parece a sus hermanos. Ni Adrián ni Ángela sienten demasiada pasión por transitar por la parte del campo que más pisaba su padre. Luis era pívot y ese gen no se transmitió en la herencia. Quizás porque, como dice él, «yo era un base frustrado que jugaba de pívot».
De base o de pívot, lo cierto es que sigue compartiendo su pasión por la canasta con su hijo mayor en el torneo de verano que cada año juega en el Liceo.