Fina llegó a O Grove para vender churros cuando la gente aún hacía cola para comprarlos. Hoy prefieren los bollos, pero Mauri mantiene la tradición
22 jun 2008 . Actualizado a las 02:00 h.Aseguran Fina y Mauri que la suya, la Churrería Basallo, es de las pocas que ha sobrevivido al paso del tiempo y a la crisis del sector. «Quedaba a de Galiano, en Pontevedra, pero tamén pechou», explican. Todavía hay churreros ambulantes por las fiestas y los mercados, pero churrería de «praza morta» en esta zona ya solo queda la de O Corgo.
El negocio se levantó allá por el año 1956, con mucho trabajo. «Levanteime durante cincuenta anos ás cinco da mañá todos os días», explica Fina. Esta mujer de 86 años, en la que sorprende su vitalidad -aunque las piernas ya no le respondan como quisiera- es historia viviente del municipio. «Por aquí pasou todo O Grove», recuerda. Y los turistas madrileños, y los franceses y los marineros que llegaban de Ribeira de madrugada para vender el marisco en la lonja... Ella les servía los churros y el Moscón, otro de los clásicos de O Corgo, ponía el café.
Eran los tiempos en que el mar llegaba a lo que hoy es la cofradía, cuando la churrería se llamaba La Padronesa y los fogones funcionaban con carbón. «Agora temos máquinas boísimas pero antes...».
Fina amasó mucho con sus manos, aunque no tanto como cuando era niña. Ella recogió la tradición de churrera de su padre Rogelio y recuerda perfectamente cuando la infraestructura se limitaba de un toldo de quita y pon y un carro de mulas con el que recorrían las fiestas del contorno.
Tres generaciones
Fina heredó el negocio familiar con 24 años y siguió recorriendo romerías por toda Galicia hasta que a principios de los cincuenta recaló en Cambados. Allí, desde A Calzada, le endulzó los desayunos y las meriendas a los cambadeses durante unos años. Pero en cuanto cruzó O Bao, con motivo de unas fiestas del Carmen, ya no se marchó. Allí se crió su familia con la churrería como medio de vida. «Había días que facíamos varios sacos de cen kilos de fariña». Y un saco suponen unos 5.000 churros, según los cálculos de Mauri. Por supuesto, no había tanto grovense para comer tanto churro, pero es que Fina servía al Gran Hotel de A Toxa, a los marineros, a los turistas y todo aquel dispuesto a comprar. Su récord de producción está en 15.000 unidades, para una ocasión excepcional: una noche de fin de año de los años noventa. Casi todo O Grove y todo Portonovo recibió el año mojando churros de Fina y Mauri.
Estas cifras quedan lejanas. Hoy un saco de harina da para mucho. En verano se cocina todos los días pero en invierno solo los viernes y los domingos. Los churros ya no tienen tanto público porque la gente, especialmente los jóvenes, prefieren la bollería. Eso, a pesar de que Mauri sigue utilizando materias primas de primera calidad: aceite de oliva, harina «de la buena» y la sabiduría que da experiencia. Pero se ve que no es suficiente y la Churrería Basallo ha tenido que reciclarse en quiosco. «Dos churros só hoxe non se vive», explican los propietarios. Pero sin los Donuts haciéndole la competencia, Fina ya entendió hace décadas que era necesario diversificar la oferta y también vendía patatas fritas y aquellos deliciosos helados de Avidesa. Además compró unas barcas de feria, una barraca de tiro y hasta montó un negocio de chatarra que funciona en la actualidad.
Fue la empresaria emprendedora de su época e incluso ejerció de prestamista. «Lle teño deixado cartos a moitos mariñeiros que non tiña para comprar aparellos, e sempre mo devolveron». Al César lo que es del César.
A Fina se la ve satisfecha porque su legado sigue en pie. A Mauri -«o meu netiño» dice cariñosamente- le gustaba eso de hacer churros desde los 14 años y a los 19 se hizo con las riendas del negocio. Hoy sigue al pie del cañón y su hija, de diez, le empieza a coger el tranquillo.