Juan Manuel Moro, su esposa y su perro viven desde hace unas semanas deshojando la margarita cada mañana para saber si será entonces cuando se cumpla la amenaza de que le derriben su casa. Hace tiempo que saben que su vivienda, sita en el lugar de Fontaíña, estaba afectada por la construcción de la circunvalación de Vilagarcía. Pero, según la familia, solo les expropiaron una parte de la casa, la de la cocina, que linda con la zona en la que se va a construir un viaducto. Pero hace unos días, uno de los arquitectos los visitó con la noticia de que tenían que abandonar cuanto antes la casa, ya que corría riesgo de derrumbarse. En dos días, el matrimonio se vio obligado a sacar todos sus enseres y abandonar su hogar.
El martes, por fin, les llegó el aviso de que al día siguiente, a las ocho de la mañana, irían las máquinas a derribar la edificación. Así que Juan Manuel Moro, que estaba en Asturias visitando a unos familiares, tuvo que regresar a toda prisa.
A las ocho en punto esperaban ayer acontecimientos, en una mañana desapacible y tras una noche de fuertes lluvias. Mucho más tarde de lo previsto llegaron los técnicos, pero el anunciado derribo quedó para otro día. Juan Manuel Moro repitió lo que viene diciendo desde el principio, que a él solo le expropiaron una parte de la vivienda y que no pueden tirarla toda sin más. Según un familiar de los afectados, «como los papeles no están muy claros prefirieron dejar la cosa así». Y a seguir esperando sin tener clara la fecha de caducidad de lo que ya dejó de ser un hogar.
Aunque el matrimonio recibió 206.000 euros, sostiene que el valor real de la vivienda es muy superior. A Juan Manuel Moro y a su mujer les duele dejar su casa de Fontaíña para encerrarse en un piso. «¿Quién va a querer vivir en un piso después de disfrutar de estas vistas?», decía hace unos días mirando hacia el mar de Arousa que se domina desde lo alto del monte de Guillán.
Víctima colateral
Timón
, el perro de la casa, es otra víctima colateral del proceso de expropiación. El matrimonio lleva unos días dándole vueltas al asunto sin saber qué hacer con él tras nueve años de estrecha conviviencia. No pueden llevarlo a un piso y no quieren dejarlo en la perrera «porque se morirá de tristeza». De momento sigue allí, en el cobertizo que quedó separado de la vivienda por el talud abierto para construir la carretera. Y todos los días pasea sin saber si también él tendrá próxima la fecha de caducidad.