Como todo el mundo conoce, en esta esquina del Viejo Mundo mantenemos el mismo horario que los laboriosos alemanes pese a que nos separan unas cuantas horas de vuelo. Quiere esto decir que mientras el teutón de Hannover se zampa su proteico desayuno a eso de las siete de la mañana, con el sol mancillando el buen nombre de la Selva Negra, aquí el personal o se despega todavía de las sábanas o le mete el diente al almorzo envuelto aún en tinieblas. Pero ser, lo que se dice ser, ser son las siete. Bien, pues sepan los apóstoles de los ajustes horarios que por estos lares, cuando nos lo proponemos, somos capaces de darles su merecido a estos europeos del Este pese a que el reloj nos machaque como el chulito de Hamilton al bueno de Alonso en los entrenamientos de ayer. Mientras a estas horas los escaparates y centros comerciales del mismísimo Berlín se entregan sin reparo a la promoción de la noche de Halloween, para la que restan diez días, los establecimientos de Vilagarcía lanzan ya el anzuelo visual para seducir cual odaliscas al potencial cliente navideño. Nicole , una pequeña que ayer paseaba por el centro de la capital arousana, quedó así de encantada -la imagen lo prueba- al detectar su primer arbolillo encintado en el mismísimo Millenium. Que rabien y se anden con ojo. Cualquier día nos ponemos a tirar del carro.
Vayamos ahora también con ojo y mucho tino para transmitir sin fallo un feliz mensaje que llega a nuestra redacción. Si hablamos de tirar del carro, si presumimos de ideas y nivelazo, si como en esta ría no se vive en ninguna parte, habrá entonces que hacérselo saber al resto del orbe en lugar de comentárnoslo unos a otros mientras paseamos el domingo o nos bajamos el vermú. Bien, pues para eso y mucho más se las pinta como nadie el inquieto empresario ribadumiense José Luis Vilanova . En su afán innovador, la empresa familiar, Vilanova Peña, inauguró este verano el primer show room de O Salnés, ubicado concretamente en tierras de Meis. La evolución prosigue el próximo viernes con la apertura de un nuevo espacio, en esta ocasión en la mismísima Valencia. ¿Dónde? En Valencia, calle Cirilo Amorós. Puro centro. La despedida de Carlos Rábade. Carlos se ha ido, sin hacer ruido, tal y como llegó. ¿Que quién es Carlos? Nada mejor que dejar hablar a los amigos de Unha Grande e Chea, buenos conocedores del género: «Chegou a Cambados aló polo ano 77, xa van alá nada máis e nada menos que trinta anos, xurámosvos que chegou calvo, aínda que damos fe que si tivo pelo algún día. O que é verdade é que Carlos non ten un pelo de parvo». Carlos Rábade vino destinado como maestro al colegio público de Castrelo y allí desgranó tres lustros de vida y enseñanzas. ¿Que por qué se va? Por nada malo, ojo, al contrario. Un ascenso en su carrera profesional lo sitúa en el servicio de Inspección, con lo que dará el mismo paso que el aficionado a la taberna que cruza la barra para ser él quien sirva el vino. Rodeado de un equipo de gala - Xoán Antonio Pillado, Adela Leiro, Xeliño, María Xesús Costa o nuestro Miguel Anxo Fernández- contribuyó a hacer del colegio de Castrelo un foco de transmisión de conocimientos. Ahí quedan los estudios etnográficos realizados y un monte de buenas historias con la comparsa cambadesa. El divino calvo, como también llamaban a César.