ENTRE LÍNEAS | O |

01 may 2007 . Actualizado a las 07:00 h.

HAY COSAS que nunca dejarán de asombrarme y que creo que sólo pasan en Galicia. Admito que mi nombre, Xurxo, puede resultar difícil para un extremeño o un murciano, pero un día sí y otro también hay algún gallego que no lo sabe pronunciar o que me llama don Jesús, por aquello de Suso. Y eso sí que no, porque yo ni soy Jesús ni admito el don, que me da mucho respeto. Les pasa lo mismo a unos amigos que acaban de tener un bebé precioso al que han bautizado con el nombre de Paulo. Cada vez que les preguntan cómo se llama el niño y responden que Paulo reciben un «¿cómo, Pablo?» por respuesta. Una señora hasta les dijo, extrañada, que por qué le habían puesto al nene un nombre en latín. Pero lo más sorprendente no es que miles de gallegos desconozcan la existencia o no sepan pronunciar nombres como Xurxo, Paulo, Uxío, Brais, Xacobe o Xiana. No. Lo peor de todo es que esas personas que fruncen el ceño al oír estos bellísimos nombres admiten como si tal cosa los extranjeros Christian, Jonathan, Jessica o Kevin. Asombroso.