Reportaje | Una morañesa supera el siglo de edad María Eugenia Fariña García celebró ayer por la tarde su cumpleaños en Paraños rodeada de cuatro generaciones de descendientes en su casa familiar
28 abr 2007 . Actualizado a las 07:00 h.?ecinos, familiares y autoridades locales se reunieron ayer por la tarde para la celebración de los cien años de edad que cumplió hace pocos días María Eugenia Fariña García, vecina del lugar de Paraños, en la parroquia de Gargantáns. Entre otras visitas, también acudió al domicilio de la anciana el alcalde, José Eiras, que le entregó un recuerdo en nombre del Ayuntamiento. Otros regalos fueron un ramo de cien rosas rojas, una por cada año cumplido. Pero sin duda, el presente que le hizo más ilusión fue un perro, que le hará compañía cuando no haya nadie en su habitación, como hicieron durante años otros dos que murieron hace un tiempo. María Eugenia Fariña vivió toda su vida en su Moraña natal, donde se casó con Jesús Aboy García. En su dilatada vida tuvo seis hijos, doce nietos, once bisnietos y un tataranieto. Este último, Mateo Ozores Varela, nació hace 18 meses. Con su presencia en la casa familiar, se juntaron ayer cinco generaciones de una misma familia. Una de sus bisnietas, Renata, bromeaba ayer sobre este hecho tan poco frecuente: «Ela o que nos dicía era o refrán popular de que a bisnetos chegarás e tataranetos non os verás. Pero ela sí que chegou a ver a un tataraneto». La centenaria de Paraños goza de buena salud, según sus parientes, y el único problema físico que tiene es que ha perdido bastante oído. «Ve la televisión y como mi hermano juega al fútbol siempre quiere ver cómo quedó», resaltó Renata. María Eugenia Fariña vive tranquilamente en su casa, cuidada por sus parientes y siguiendo una rutina diaria que comienza a la mañana, cuando se levanta -muchas veces se viste ella sola-. Dependiendo del tiempo, da pequeños paseos por la huerta de su vivienda. La edad ya no le permite ir mucho más lejos, pero aún así está lo bastante ágil para dar de comer a los animales de la casa, como las gallinas, y aún puede subir a un hórreo por su propio pie. El secreto de la longevidad de esta anciana está, según sus descendientes en «moito traballar, traballar e traballar». Y es que la vida de esta morañesa no fue fácil. Sus hijos emigraron dejándola al cuidado de varios de sus nietos. En la Guerra Civil, su marido se libró de ir a filas por su numerosa prole y porque ya se le habían muerto tres cuñados. Ella se ocupaba de las tareas de la casa, de los trabajos del campo y muchas veces echaba una mano a su marido, que era cantero, y al que ayudaba a cargar los carros. Con esas piedras se hicieron casas, el altar de varias capillas y mucho morrillo para las carreteras de la época.